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Excursión al “pero de Ronda” (19-01-08)

peroSalimos en autobús de 40 plazas desde el Prado de San Sebastián en el Pabellón de Portugal a las 9 de la mañana. Fuimos puntuales pero, aún así, fuimos los últimos.
El paisaje por la salida por Utrera hacia Ronda es espectacular. Estamos acostumbrados a verlo y nos parece lo habitual. Las suaves colinas de tonos ocres y pasteles con la luz temprana del día y los hitos como el castillo de las Aguzaderas en el Coronil, ya merecen la excursión.
El autobús además te permite mirar desde arriba, desde otra perspectiva.
Paramos a desayunar en una venta donde a Isa se le ocurrió comprar un pan que aparentemente parecía muy bueno; pero hubo discrepancias entre algunos del autobús sobre todo de Pedro, que es de naturaleza discordante.
Después de probarlo, ha decidido que Pedro tenía razón. La primera parada es en la bodega “doña  Felisa” una de las componente de los nuevos vinos tintos andaluces que empiezan a despuntar.
Está en el desvío de Ronda hacia “Ronda la vieja” (Acinipo), con un paisaje igual de impresionante que los vinos que nos dieron a probar.

Fue difícil subir con el autobús. Nos cruzamos con un camión cargado de cerdos en un sendero estrecho y hay que felicitar al conductor por su destreza.
¡Mira que si llegamos a caer todos cuesta abajo con cerdos incluidos!  Organizaron la visita Daniel y Pedro.  Fue un acierto la visita a “doña Felisa”. Yo pensaba que no iba a entrar un vino a media mañana, pero como nos indicaron sus dueños Gema y José Ma (enólogo, después de vivir en la costa de Málaga 20 años con una empresa de servicio y también de ser marino), este es un vino para comer.
Es verdad que cuando se toman estos vinos con comida, el sabor cambia y se integra mejor en la boca. Pensé que eso solo me ocurría a mí.  Nos dieron a probar primero un vino más joven de 6+6 (6meses de barrica y 6 de embotellado) y otro de 12+12, con unas exquisitas tapas.
Entró muy bien.
Nos explicaron las técnicas de cultivo y “el mimo” con el que tratan tanto las cepas como el embarricado y embotellado.
De cada cepa se aprovecha un kilo de uvas, después de una rigurosa selección. Las cepas no se riegan para conseguir un vino de buena calidad.
Tan sólo se riegan en caso de sequía para evolucionar las cepas nuevas.

El olor de la bodega, las barricas tostadas con virutas de la misma madera, la limpieza de las barricas cada 3meses Y la duración de esta   sólo 4 años. La importancia del tapón de corcho de buena calidad.
Todo me hace sentir cierta magia cuando entro en un lugar como este. Quizás por mi deformación profesional, eche en falta que el espacio también me impresione. Son espacios oscuros y que huelen y pienso que estos son suficientes parámetros para no tener que distraer la atención con excesivos elementos decorativos.
Hay en mi experiencia de visitas a bodegas (que no es demasiada), cierto anacronismo entre la modernidad de las instalaciones y la arquitectura de los espacios que las contienen.
Si la fabricación del vino es un hecho cultural, ¿no habría que valorarlo todo? Desde la cepa en el campo, el paisaje, el clima, los contenedores del vino y los contenedores de los contenedores.
Todo debería estar acorde.
¡Y no es un problema de estilos!

Pasamos al siguiente punto en la excursión, que con la premura del tiempo casi llegamos a prescindir del concepto de slow food para pasar al fast food.
La degustación del pero de Ronda, que era la razón de ser de la excursión, fue bastante rápida porque llegamos un poco tarde y hacia bastante viento para tomarlo en unas jaimas que iban a montar junto al parador.
No obstante, después de unas tapas con vino no vino mal un poco de exquisita fruta, aunque no pudiéramos valorarla en toda su plenitud.
Espero que el aguardiente de pero que se está investigando en Ronda de un buen resultado.

Después de detenernos a ver las siempre impresionante imágenes del tajo de Ronda, salimos bastante rapidito a comer a una venta donde teníamos reservado una mesa para todos.
El problema que surgió es que el autobús no podía pasar por un pequeño puente para llegar a la venta y tuvimos que dar un gran rodeo guiados por nuestro amigo de Ronda, que nos retrasó bastante. En la venta nos dieron un surtido de potajes, el primero con calabaza, patatas, otro con pringá y otro con menudo, cada cuál más sabroso; croquetas, migas, carne lomo en manteca, conejo, etc…

Tomamos el vino de Chinchilla, comprado en la bodega. Y rematamos con un licor de café que trajeron nuestros amigos productores del aguardiente de Rute. Comí excesivamente, más bien fue una
sesión de fat-food.
Nos colocaron unos braseros de cisco en las mesas que se agradecían, pues el comedor era bastante sórdido y oscuro. Conseguir acompasar calidad de la comida con cantidad, con tiempo dedicado y con el ambiente (espacio, sonido,…’85,es decir, arquitectura), es el secreto de un buen slowfood. El éxito está en hacer una buena sinfonía con el conjunto de estas características Rematamos con la visita a la maestranza de Ronda con poco tiempo pero suficiente para ver el interesante museo. Adelaida nos acompañó muy amablemente.
El convivium mejoró lo bueno e hizo pasable lo que no fue tan bueno.

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